La busca

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Un sol rotundo tras la nevada alumbra una mañana de domingo en la ciudad. Los perros sacan a pasear a sus dueños. Jóvenes sempiternos apuran sus copas mientras vagan por las aceras, resistiéndose vanamente a los estertores de la noche. Son las diez de la mañana y la vida celular de una urbe que duerme se desarrolla en el núcleo de la Plaza España. Siguiendo su ritual dominical los libros se desperezan en las cajas y dan un brinco para ocupar las mesas esparcidas del rastro. En una esquina, un viejo bibliófilo saborea revistas vitorianas de comienzos del siglo XX. En otro espacio minúsculo se congregan los amantes de la Numismática. Un hombre de unos sesenta años persiste en su búsqueda de antiguas monedas andorranas. Todos los negociantes del rastro retan la ventisca alavesa emparapetados bajo las arcadas de la plaza señorial. Todos exponen en lugar bien visible el permiso municipal. Sin embargo, un grupúsculo rompe esta estampa propia de Daumier. Alrededor de un banco se congregan cuatro o cinco personas silenciosas, que miran de reojo a la pareja de municipales que asoma por la entrada a la plaza. En la almoneda parece que tambén hay sitio para traficantes, para la gente del hampa. Pienso en esto mientras le echo un vistazo a una edición ilustrada de La busca, de Pío Baroja, con prólogo incluido de su sobrino el polígrafo Julio Caro Baroja. Don Pío es un maestro. Así comienza La busca:
Acababan de dar las doce, de una manera pausada, acompasada y respetable, en el reloj del pasillo. Era costumbre de aquel viejo reloj, alto y de caja estrecha, adelantar y retrasar a su gusto y antojo la uniforme y monótona serie de las horas que va rodeando nuestra vida, hasta envolverla y dejarla, como a un niño en la cuna, en el obscuro seno del tiempo.En el rastro sólo hay hombres y mujeres de cincuenta y muchos años para arriba, gente que rebusca en su pasado y en sus raíces, recuperando el aroma de los objetos y el recuerdo de las lecturas de niño. Acurrucados en el oscuro seno del tiempo.
En el grupo de traficantes comienza a moverse el cotarro. Un tipo joven aparece con una mochila de la que extrae lo que parecen ser pequelas bosas de plástico apaisadas. Otro señor, con manos depianista, mueve a una velocidad de vértigo , como un viejo tahúr, lo que parecen naipes. No sería estraño si tenemos en cuenta la relación de Heraclio Fournier con Gasteiz. A plena luz del día cuesta creer que se trafique con sustancias en plena Plaza de España. Disimuladamente me acerco al peligroso grupo de delicuentes, los cuales dibujan un círculo hermético alrededor del banco. La ansiedad de auténtico yonki que percibo en la mirada de alguno, de ellos, las exclamaciones y los gestos bruscos me reafirman en la hipótesis delictiva. Fue entonces cuando un miembro del grupo de traficantes, todo un señor vitoriano (chapela, bufanda y puro), no pudo resistir su gozo al encontrar los cromos de la primera temporada de Íribar en el Athletic de Bilbao, que no fue otra que la Liga 1962-1963.
La busca forma parte de una trilogía que Baroja bautizó como La lucha por la vida.

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Categorías: Evasión ou Vitoria | Deja un comentario

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