Etnoarqueología de Alianza Popular

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La palabra clave para comprender el enfoque que preside el libro Herdeiros pola Forza se encuentra en el subtítulo. Nos referimos al término Poder. El patrimonio, como la identidad, se construye, a través de una practica política, normalmente ejecutada únicamente por una élite intelectual al servicio de los grupos que controlan la sociedad. En este sentido, no ha habido mejor marco para la presentación de nuestro libro en Gasteiz que la celebración de las Jornadas de Jóvenes Investigadores en Arqueología. Aquí hemos podido disfrutar de sesiones en las que se hablaba sin ambajes de la materialidad generada por la esclavitud en el Imperio portugés, de las maniobras neoliberales que modelan el suboconsciente colectivo a través de la cultura material (esas latas de Coca-Cola con nombres propios, tan enrolladas), de la arqueología del colonialismo, de la apropiación simbólica de la cultura material. Entre las comunicaciones presentadas, traemos aquí el trabajo del joven historiador gallego Bruno Esperante quien hizo hincapié en la recreación folklorizante de la vieja tecnología agraria por parte de los ex-campesinos gallegos del siglo XXI (esos arados de vertedera repintados en escenarios entre kitsch y gore en los jardines de segundas residencias, casas rurales y labriegas). De su presentación, tomados prestada la fotografía que encabeza este post. El cartel promocional de Alianza Popular en las primeras elecciones autonómicas gallegas de 1981. Este cartel define a la perfección la economía política galaica generada por el estado totalitario franquista en nuestro pequeño país atlántico.
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Alianza Popular era en 1981 una cementerio de aquellos elefantes que habían quedados relegados del proceso de la transición democrática. El odio de Manuel Fraga hacia Suárez era proverbial. Aunque alejados de Fuerza Nueva, Alianza Popular seguía manteniendo un ideario opuesto a todo avance democrático real en España. El encaje de bolillos de la Constitución de 1978 parió un Estado de las autonomías al que había que adaptarse en tiempo récord. ¿Cómo iba a repensar la nueva realidad emergente un partido nacionalista español, heredero directo del franquismo, como Alianza Popular? En el caso gallego, la cosa fue relativamente fácil. La represión desde 1936, el sistema caciquil imperante en el rural y el poco tiempo concedido para organizarse a aquéllos que hasta pocos meses antes se movían en la clandestinidad son factores que ayudan a comprender el éxito de AP en 1981. La maniobra ideológica para legitimar un discurso auonomista de nuevo cuño se basó en recuperar el ideario galleguista del tradicionalismo católico. Ahí estaba Albor como presidente de Galicia, Filgueira Valverde como Conselleiro de Cultura; ahí sigue la sombra del regionalista decimonónico ultra católico Alfredo Brañas, sin ir mas lejos). Alianza Popular, por un lado, servía de herramienta para consolidar los intereses de los grupos de poder tradicionales, que manejaban el discurso del Progreso y la Modernidad. Sacar a Galicia del atraso suponía también generar beneficios. Ahí están los narcos de las Rías Baixas, militantes y paganini de AP, rescatados del exilio portugués por el propio Albor en la década de los 80. Por otro lado, AP esgrimía el discurso étnico propio de los Centros Gallegos franquistas en América, de esos ananos de los que hablaba Celso Emilio Ferreiro. El regionalismo folklorizante, esencialista, tradicionalista y romántico de la derecha gallega fue ascendido a dogma de fe por un Manuel Fraga al que la sociedad española no quería.
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De vuelta a Galicia, el león de Vilalba, obsesionado con la idea fascista del mando, montó su particular Liliput. Todo pasaba por el líder. Un caudillo finisecular que, en el ámbito urbano, apelaba al sentido común de la gente normal (que él identificaba con sus votantes), mientras que en el ámbito rural se identificaba de lleno con el alma, la cultura espiritual, el Volkgeist galaico. La exposición Galicia no Tempo de 1990 es un magnífico ejemplo de esta estrategia, del uso político de las Ciencias Sociales al servicio de este ideario.
Es por todo ello que este cartel resume de manera genial el nacionalgalaicismo fraguista. Esa mezcolanza magistral entre Miña terra, meu lar, la palloza, el hórreo,la morriña y la depredación del litoral, la destrucción del paisaje y el desarrollismo. Aquí encontramos el germen del nacionalcatolicismo galaico autonómico, el origen de los xacobeos turísticos, del Cebreiro definido como aldea prerromana, del cura Valiña Sampedro señalando el camino de Santiago.
Alianza Popular ganó las elecciones de 1981 y sólo acabó con su monopolio del poder autonómico una sucia moción de censura instigada por traidores y por parte del nacionalismo moderado de centro derecha (Coalición Galega, PNG) entre 1987 y 1989. Después de este gobierno tripartito volvería en loor de multitudes Fraga y con él los gaiteiros, los verdes castros, las romerías de Partido, las exposiciones regionalistas y una visión del pueblo gallego propia del padre Schmidt.
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Categorías: Arqueolóxicas, Atila en Galicia, Evasión ou Vitoria, Herdeiros pola Forza, O pior do País | Deja un comentario

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