La peste bubónica

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Las gentes europeas del siglo XIV sentían auténtico pánico al ver que los bubones comenzaban a salpicar sus cuerpos, como paso previo a la muerte. Las ciudades se lo jugaban todo con sus murallas, el mejor remedio para evitar la entrada de la infección. Aún así, a veces la pesta bubónica entraba por el aire. Algunas fuentes documentales señalan casos de sitio en los que los enemigos enviaban por catapulta cadáveres putrefactos de apestados, a modo de pionera guerra química. Quizás por eso estén apostados ciento y pico francotiradores de élite en el centro de Madrid, para disparar a los bubones aéreos que pueden contaminar la capital. Ya se sabe que en España estas pestes suelen durar de media unos treinta y cinco-cuarenta años.
Mis compañeros de Gasteiz llevan años estudiando el entramado defensivo de la ciudad de Vitoria, sus transformaciones desde que era una aldea en el siglo VIII d.n.e. hasta convertirse en una urbe monumental. Los vitorianos y vitorianas del Medioevo (me encanta esta palabra) tuvieron que luchar contra epidemias y pestes, y desde entonces están curados de espanto. El trauma quizás explique el recuerdo nítido que en la ciudad se tiene de aquellos tiempos.
La infección se extiende sin que uno se de cuenta, ya que la peste no tiene cabida en los medios de comunicación. Eso fue lo que ocurrió en 2004 en Vitoria-Gasteiz, a la salida de la antigua catedral-fortaleza de Santa María, cuando la ETB captó un gesto campechano que por supuesto no fue reproducido en ningún lado más allá de Pancorbo. Es una foto real, que como la peste, ha podido superar la muralla de la censura. Porque esa es la sensación que corre hoy por el aire, en este cielo azul de Madrid, en un día en que los apestados tricolores serán apartados del centro vital de la ciudad, mientras la sociedad estamental y la gente de orden brindan al mundo un espectáculo único, mostrando sus bubones, la marca España grabada en la piel de toro.
Con lo que no cuentan es con el virus de la democracia, al que temen más que la peste.

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Categorías: O pior do País | 1 comentario

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Un pensamiento en “La peste bubónica

  1. Querubín Freijero del Riego

    Ese simple gesto de Su Majestad hizo más monárquicos que el desgraciadamente fallido intento de cambio de régimen de su señoría el teniente coronel Antonio Tejero.
    El Rey , encarnación del pueblo español, hizo lo que todos los españoles de bien siempre deseamos hacer a los proetarras y a los tontos-útiles separatistas. Igual que cuando ordenó callarse al sátrapa dictador comunista Hugo Chavez, quizás su gesto más aplaudido. Todos los españoles de bien nos sentimos representados por la materialización del alma de España y el sentir popular ,emanado de las urnas, que fué D.Juan CArlos.

    Don Juan Carlos, con solo mover un dedo, hacía que le amáramos.
    Que Dios le bendiga y Viva España.

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